la del vacío
postal 6 - o de qué escribir cuando (crees que) no tienes nada que contar
El otro día hablaba con una muy buena amiga sobre lo mucho que nos cuesta sentarnos a escribir últimamente. La vida se ha hecho más complicada, los horarios se han apretado hasta lo imposible, el tiempo libre es una ilusión más que una realidad y cientos de estímulos distintos se disputan el único hueco sin ocupar que tenemos en la cabeza y en el calendario.
También le decía que últimamente tenía muchas ganas de escribir, que sentía esa especie de pulsión en el pecho, ese cosquilleo en los dedos, pero que no sabía sobre qué hacerlo. No será por falta de intereses; tengo, aproximadamente, miles de ellos. No será, tampoco, por falta de historias; en mi cabeza revolotean tantas que solo hay ruido aquí arriba, personajes que se pegan por aparecer en primera plana y tal enredo de hilos de los que tirar que no sé ni por cuál empezar.
Pero creo que ese no es exactamente el problema ahora mismo. Creo que el problema principal es que hay una pantalla entre mis manos y todos esos personajes y esas historias que se pelean por mi atención, como la mampara empañada de una ducha en un baño que está demasiado caliente. No me llegan sus imágenes, pero tampoco me llegan sus sonidos y sus palabras y todo se reduce a un movimiento difuso de sombras que no se identificar.
Últimamente es como si todo estuviera opacado por algo. ¿Qué es ese algo? Ya me gustaría a mí saberlo. ¿Será el miedo al fracaso? ¿Será que no encuentro una historia lo suficientemente interesante, tanto para mí como para los demás? ¿Será el querer hacer mil cosas al mismo tiempo y no ser capaz de concentrarse en una en concreto?
Eso último ya me ha pasado. Muchas veces lo he comentado con mi pareja: es tan raro en mi vida tener un día libre que, cuando lo tengo, quiero aprovecharlo al máximo; quiero hacer todo lo que otros días no puedo hacer, dedicarle todas las horas del mundo a mi multitud de hobbies, o salir a pasear, o pasar tiempo todo el día pegada a mi pareja, o dedicarle un buen rato a cocinar algo que otros días no puedo por las prisas del día a día.
Sin embargo, nunca parece haber suficiente tiempo para todo y cuando me enfrento (una palabra un tanto extraña para referirse a un día que se supone que tiene que ser pacífico y agradable, pero en este contexto a veces siento que es más una batalla contra mí misma) a uno de mis días libres muchas veces me bloqueo por todas esas cosas que quiero hacer y para las que parece no haber hueco. Me paralizo, sin ser capaz de priorizar y acabo echando horas a la basura simplemente pensando qué hacer. Y cuando me decido a hacer algo, me descubro no disfrutándolo por completo porque podría estar haciendo X o Y o Z o cualquier otra cosa.
Lo mismo, creo, me pasa con la escritura. Tengo tan poco tiempo para escribir que cuando decido hacerlo, no sé de qué hablar.
Pero hay algo más; siempre hay algo más. Existe un miedo, que puede parecer contradictorio con la existencia de todos esos personajes e historias al otro lado de la mampara empañada, algo que me da pavor incluso admitir en voz alta (así que lo escribo por aquí, que no cuenta).
¿Y si se me han acabado las cosas que contar? ¿Y si no hay nada suficientemente interesante que me pueda aportar yo a mí misma? ¿Y si no me queda dentro nada? ¿Y si esas sombras que veo tras el cristal traslucido de mi cabeza no son más que eso, sombras, ilusiones, fantasmas?
¿Y si me he quedado, en realidad, vacía?



